
Desde el momento del nacimiento la preocupación de los padres se centra en el primer estadio básico: la alimentación y el crecimiento del bebé. Es lo mínimo para garantizar el desarrollo y la salud del niño.
En nuestra sociedad consumista hay inmediatamente un segundo estadio (no básico) que se basa en demostrar que al bebé no le falta de nada y la mejor forma de demostrarlo es vestirle con ropa de "marca". Me resulta jocoso ver cómo a temprana edad ya lucen "cuadros" y demás señas de identidad que se relacionan con "gente fashion" a las que se reconoce por el "envoltorio".
Un tercer estadio, absolutamente descuidado por las generaciones con las que convivimos, es formar y dotar a los retoños de lo que
Freud denominaba "super ego". Nuestros jóvenes adolescentes y algunos que deberían estar en una fase ya adulta exhiben una total carencia de esa parte constituyente de la personalidad que contrarresta al "id", es decir, a la parte primitiva, desorganizada e innata de la personalidad, cuyo único propósito es reducir la tensión creada por pulsiones primitivas relacionadas con el hambre, lo sexual, la agresión y los impulsos irracionales. Comprende todo lo que se hereda o está presente al nacer, se presenta de forma pura en nuestro inconsciente. Representa nuestros impulsos, necesidades y deseos más elementales.
El "ello" o "id" es responsable de los sueños donde aflora de manera inconsciente.
La falta de superego y la tirania del id y del ego ocasionan en nuestro habitat dos tipos de personalidades: una minoría casi extinguida de personas que antes de actuar evalúan las consecuencias que se podrían derivar de su actuación y una enorme mayoría que no sólo no hace una evaluación previa de sus actos sino que "pasan" absolutamente de lo que puedan sentir, pensar o sufrir los que comparten su existencia.
¿Por qué los padres no cultivan el superego de sus hijos? . ¿Está anticuado? ¿Es autofrustrante?.
Las respuestas las deben tener los sociólogos o los psicólogos.
Las consecuencias las pagamos todos: educadores, padres y ciudadanos en general, que estamos abocados a la desesperación (por la impotencia) o a la soledad (por la falta de adaptación al medio).
Nuestra sociedad necesita revalorizar el superego porque según definición freudiana es la expresión interna del individuo con relación a la
moral de la sociedad. Se refiere a la fuerza que induce al individuo a seguir los códigos
éticos de conducta impuestos por la sociedad en la que se encuentra. Freud considera la conciencia moral, la autoobservación, la formación de ideales, como funciones del superego. Actúa en contraposición directa a los impulsos del id.
El superego se forma en la fase edípica, por la introyección de las normas paternas. Según Freud, la formación del superego es correlativa de la declinación del
complejo de Edipo: el niño renunciando a la satisfacción de sus deseos edípicos marcados por la prohibición, transforma su
catexix sobre los padres en identificación con los padres, interioriza la prohibición. La renuncia de los deseos edípicos amorosos y hostiles (Edipo Completo) se encuentran en el origen de la formación del superego, el cual se enriquece según Freud por las
aportaciones ulteriores de las exigencias sociales y culturales.
Nosotros, los profesores, (en teoría) formamos parte de esas
aportaciones ulteriores pero la base está en la familia y si no se cuida el superego en casa poco podemos hacer en la escuela.